
En un momento en que la competencia tecnológica entre grandes potencias define el futuro de la seguridad global, el libro Unit X: How the Pentagon and Silicon Valley Are Transforming the Future of War de Raj Shah y Christopher Kirchhoff emerge como una pieza fundamental para entender la transformación de la guerra en el siglo XXI. Esta obra, escrita por los propios fundadores de la Defense Innovation Unit (DIU), nos ofrece una mirada privilegiada al interior de la unidad de élite creada para tender puentes entre el Pentágono y Silicon Valley.
Como hemos analizado en anteriores publicaciones sobre Anduril Industries (ver Anduril la startup disruptiva de tecnología de guerra), Shield AI (Shield AI: la startup de IA que revoluciona la defensa) y el Proyecto Replicator (ver El Proyecto Replicator del Pentágono: Un cambio paradigmático en la guerra contemporánea), estamos presenciando un cambio paradigmático en la forma de hacer la guerra. La obra de Shah y Kirchhoff complementa perfectamente estos análisis, revelando los orígenes institucionales de esta revolución tecnológica militar que comenzó cuando el entonces Secretario de Defensa Ashton Carter decidió «perforar los muros» entre el Departamento de Defensa y el sector tecnológico en 2015.
Si The Kill Chain de Christian Brose (ver Estrategia de defensa disruptiva: The Kill Chain de Christian Brose) nos advertía sobre la urgencia de adoptar nuevas tecnologías para mantener la ventaja militar estadounidense Unit X nos muestra el camino recorrido para materializar esa visión. Del mismo modo, mientras nuestros análisis sobre la Guerra de Quinta Generación (5GW) exploraban las dimensiones culturales y morales del conflicto moderno, este libro revela cómo la integración de inteligencia artificial, drones autónomos y microsatélites está redefiniendo las capacidades tácticas y estratégicas de las fuerzas armadas.
La experiencia de Unit X en Ucrania, detallada en el libro, ofrece un laboratorio real de estas nuevas formas de guerra, validando muchas de las tesis que hemos explorado sobre la transformación digital del campo de batalla y la creciente importancia de las startups de defensa como Shield AI y Anduril en el ecosistema de seguridad nacional.
El aroma a café recién filtrado se mezclaba con el zumbido de los servidores en una oficina de Mountain View cuando, en 2016, un grupo de ingenieros de Silicon Valley recibió una visita insólita: oficiales de alto rango del Pentágono con chaquetas de cuero y laptops selladas. Este encuentro, que podría parecer el inicio de una novela de espionaje, marcaba el primer paso de una colaboración que Raj Shah y Christopher Kirchhoff relatan en Unit X , una historia que transformaría para siempre la relación entre el poder militar y la innovación tecnológica.
Génesis de una revolución – Los cimientos históricos de la DIU
El legado de la Guerra Fría y el estancamiento burocrático
Para entender la urgencia que llevó a crear la Defense Innovation Unit (DIU) en 2015, debemos retroceder a 1991. Tras la caída de la URSS, el complejo militar-industrial estadounidense entró en una peligrosa complacencia. Proyectos faraónicos como el sistema de defensa antimisiles Star Wars consumían presupuestos sin generar avances prácticos. Mientras tanto, en Shenzhen, China aceleraba su programa de modernización militar integrando empresas tecnológicas civiles bajo el paraguas estatal.
El punto de inflexión llegó en 2014, cuando analistas del DoD descubrieron que drones comerciales modificados por el Estado Islámico estaban superando en agilidad a los costosos sistemas estadounidenses en Irak. «Era como ver a David derrotar a Goliat con piedras compradas en Amazon», comentó un coronel anónimo durante las investigaciones. Esta realidad impulsó al Secretario Ashton Carter, físico nuclear de formación, a romper con 70 años de protocolos establecidos.
El alumbramiento de Unit X
La DIU nació no como una oficina gubernamental más, sino como un organismo híbrido. Sus primeros empleados combinaban experiencia en operaciones especiales con know-how en venture capital. Shah, veterano de la Fuerza Aérea convertido en emprendedor tecnológico, diseñó un modelo de contratación basado en los SBIR (Small Business Innovation Research), permitiendo contratos ágiles de hasta $1.5 millones en 90 días, frente a los 18 meses habituales.
Un ejemplo paradigmático fue el desarrollo del sistema de reabastecimiento aéreo para la Base Al Udeid en Qatar. Mientras Northrop Grumman gastaba $300 millones en un proyecto fallido, la startup Capella Space resolvió el problema con una app de logística basada en IA por $1.3 millones, ahorrando 25 millones de galones de combustible anuales. Este éxito inicial, sin embargo, solo fue el primer asalto en una batalla contra la inercia institucional.
Anatomía de un unicornio militar – El Modelo DIU
Ingeniería inversa de Silicon Valley
La metodología de la DIU se asemejaba más a Y Combinator que al Pentágono. En lugar de requerimientos detallados, publicaban «desafíos» abiertos: ¿Cómo detectar drones hostiles usando redes neuronales? ¿Qué sistema puede bloquear comunicaciones enemigas sin afectar las propias? Startups como Shield AI respondieron con soluciones que luego testeaban en ejercicios reales con la 82ª División Aerotransportada.
El proceso incluía hackatones donde equipos militares y civiles codificaban durante 72 horas seguidas. En uno de estos eventos, desarrollaron un algoritmo que redujo de 45 minutos a 9 segundos el tiempo para identificar blancos en videos de drones, usando técnicas de transfer learning. Esta agilidad contrastaba con el programa JEDI de $10 mil millones de Microsoft, paralizado por disputas legales durante años.
El factor China – Carrera contra el reloj
Mientras Occidente debatía ética en IA, China implementaba la «Fusión Civil-Militar» desde 2015. Empresas como DJI (drones) y Huawei (5G) operaban como dobles agentes, desarrollando tecnología dual bajo mandato estatal. Un informe de 2022 reveló que el 47% de las startups chinas de deep learning recibían financiación militar encubierta. Frente a esta maquinaria coordinada, la DIU dependía de la voluntad de empresas estadounidenses cuyos empleados, en muchos casos, se oponían abiertamente a colaborar con defensa.
La guerra de los dos mundos – Resistencia y adaptación
Los bastiones de la vieja guardia
Las «Big Five» contratistas (Lockheed Martin, Boeing, Raytheon, Northrop Grumman, General Dynamics) no se rindieron sin lucha (ver Profetas de la guerra: la creación del complejo militar-industrial). En 2017, lograron que el Congreso limitara el techo de contratos SBIR a $3 millones, intentando asfixiar financieramente a la DIU. Paralelamente, presionaron para que se mantuvieran requerimientos obsoletos, como la certificación MIL-STD-810 para resistencia a entornos extremos, irrelevante para software cloud.
Un memo interno de Raytheon filtrado en 2021 resumía la estrategia: «Cada dólar que el DoD gaste en Unit X es un dólar que no entra en nuestros programas F-35 o Patriot». Esta resistencia activa explica por qué, pese a sus éxitos, la DIU solo gestionaba el 0.3% del presupuesto de defensa en 2023.
La rebelión de los ingenieros
El conflicto ético estalló en 2018 con el Proyecto Maven de Google, que usaba visión artificial para identificar objetivos en grabaciones de drones. Más de 4,000 empleados firmaron una carta exigiendo la cancelación del contrato, forzando a la compañía a abandonar el proyecto. Este episodio reveló una fractura generacional: mientras los CEO veían oportunidades estratégicas, sus equipos técnicos cuestionaban el uso militar de su trabajo.
La DIU respondió creando el Ethical Tech Framework, un sistema de evaluación de impacto que incluía consultas con filósofos y ONGs. Este enfoque permitió rescatar colaboraciones clave, como la de Anduril Industries en sistemas de vigilancia fronteriza, donde cada algoritmo incluía «interruptores éticos» para supervisión humana.
El arte de la guerra algorítmica – Tecnologías disruptivas
Drones y la democratización del poder aéreo
La invasión rusa de Ucrania en 2022 se convirtió en el banco de pruebas definitivo. Drones turcos Bayraktar TB2, modificados con software de la DIU, destruyeron 40% de los tanques rusos en las primeras semanas. Pero la verdadera revolución vino de los enjambres de microdrones Switchblade 300, capaces de operar autónomamente usando redes mesh LTE.
Estos sistemas, desarrollados en 18 meses por startups como AeroVironment, costaban $6,000 por unidad frente a los $150,000 de un misil Javelin. Su efectividad forzó a Rusia a desplegar sistemas de guerra electrónica de última generación, iniciando una espiral de contraofensivas tecnológicas.
Microsatélites – Los vigías orbitales
La constelación Starlink de SpaceX, originalmente concebida para internet global, se reconvirtió en sistema de comunicaciones bélico. En Ucrania, permitió coordinar ataques artilleros con precisión de 3 metros, usando tablets comerciales con software de la DIU. Mientras, microsatélites de Capella Space proporcionaban imágenes radar de 50 cm de resolución, detectando movimientos de tropas bajo cubierta nubosa.
Este modelo de «infraestructura espacial dual» plantea dilemas: ¿Deben las empresas civiles asumir roles tácticos en conflictos? El bloqueo temporal de Starlink durante la contraofensiva de Jersón en 2023 mostró los riesgos de depender de actores privados.
El elefante en la habitación – La cuestionada relación con China
La máquina de guerra del PCC
El libro expone casos escalofriantes: en 2019, SenseTime (gigante de reconocimiento facial) desarrolló un sistema que identifica etnias minoritarias para el Ejército Popular de Liberación, usando datos de su app de belleza civil. Esta integración forzada contrasta con el modelo estadounidense, donde empresas como Apple rechazan colaborar en proyectos de defensa.
La DIU intentó contrarrestar esto con el programa Blue UAS, certificando drones libres de componentes chinos. Sin embargo, un análisis de 2023 mostró que el 60% de los chips en sistemas «seguros» usaban silicio fabricado en SMIC (Shanghai). La dependencia tecnológica mutua crea un panorama donde la guerra total parece imposible, pero la guerra híbrida se intensifica.
Lecciones del campo de batalla digital
Ucrania – Laboratorio del futuro
El conflicto ucraniano validó experimentalmente las tesis de Unit X. Sistemas desarrollados en meses por startups (como el software de contrabatería GIS Arta) superaron a tecnologías tradicionales. Sin embargo, también expuso vulnerabilidades: los drones modificados con IA mostraban tasas de falsos positivos del 18%, llevando a ataques erróneos.
La paradoja de la innovación ágil
Los éxitos iniciales de la DIU crearon un efecto perverso: al resolver problemas puntuales demasiado rápido, desincentivaron reformas estructurales en el DoD. Como señaló un informe del GAO en 2024: «Unit X es un parche brillante en un traje raído». La verdadera transformación requeriría cambiar un sistema de adquisiciones que gasta $140 mil millones anuales en mantenimiento de equipos obsoletos.
El amanecer de la guerra 4.0
Al cerrar las páginas de Unit X, queda claro que Shah y Kirchhoff no solo narran una reforma administrativa, sino un cambio de era. La fusión entre silicio y acero está redefiniendo cada aspecto castrense: desde el reclutamiento (videojuegos de simulación como herramienta de selección) hasta la inteligencia (LLMs que analizan millones de señales SIGINT).
Sin embargo, el libro también plantea preguntas incómodas: ¿Puede la ética de las startups coexistir con la realidad bélica? ¿Cómo evitar que la automatización deshumanice los conflictos? En un mundo donde un algoritmo puede decidir el destino de una ciudad, Unit X nos recuerda que la verdadera innovación no está en el código, sino en reinventar las instituciones que lo gobiernan.
Esta obra, más que un manual técnico, es un espejo de nuestra época: refleja la lucha entre la disruptividad del Silicon Valley y la resistencia al cambio de las viejas estructuras de poder. El futuro de la guerra, sugiere, no se decidirá en fábricas de armas, sino en laboratorios de inteligencia artificial y en las salas de juntas donde militares y tecnólogos negocian una frágil alianza.
Las personas detrás de la revolución
Detrás de los bytes y los drones, Unit X es en esencia una historia humana. Raj Shah, el piloto de F-16 que improvisó con una PDA comercial en pleno vuelo sobre territorio hostil, encarna la frustración de toda una generación de militares tecnológicamente conscientes. «Volaba un avión de $30 millones con un GPS menos preciso que el de mi coche», recuerda con una mezcla de humor e indignación. Su experiencia personal, compartida por muchos veteranos de Irak y Afganistán, fue el combustible emocional que impulsó la creación de la DIU.
Chris Kirchhoff, por su parte, llegó al proyecto desde la Casa Blanca, donde había visto cómo las decisiones de seguridad nacional se tomaban con información fragmentada y sistemas anticuados. «En 2015, mientras el mundo usaba smartphones, el gobierno seguía funcionando como en 1995», comenta. Su frustración se convirtió en determinación cuando el secretario Carter le ofreció la oportunidad de «hackear el sistema desde dentro».
Las anécdotas personales salpican el libro y le dan un tono íntimo. Como aquella noche en que Shah y su equipo celebraron su primer gran éxito en un bar de Palo Alto, brindando con cerveza artesanal mientras revisaban código en sus laptops. O cuando Kirchhoff tuvo que explicar a un general de cuatro estrellas qué era exactamente un «API» y por qué era crucial para la modernización militar. «Fue como enseñar física cuántica en arameo», bromea.
El libro también rinde homenaje a los «héroes anónimos» que hicieron posible esta revolución: jóvenes oficiales que arriesgaron sus carreras defendiendo proyectos innovadores, programadores que rechazaron ofertas lucrativas de gigantes tecnológicos para trabajar en defensa por patriotismo, y burócratas veteranos que, contra todo pronóstico, ayudaron a navegar el laberinto administrativo del Pentágono.
Particularmente conmovedora es la historia de la teniente Sarah Moreno, quien implementó el sistema de reabastecimiento aéreo en Qatar. Tras semanas de resistencia de los planificadores veteranos, logró convencerlos mostrándoles cómo la nueva aplicación les permitiría volver a casa dos horas antes cada día. «No les vendí innovación ni seguridad nacional», recuerda, «les vendí tiempo con sus familias». Tres meses después, aquellos mismos escépticos se negaban a volver al sistema antiguo.
Unit X nos recuerda que, en última instancia, la tecnología es solo una herramienta. Son las personas —con sus miedos, ambiciones y valores— quienes determinan si esa herramienta construirá un mundo más seguro o más peligroso. Como concluye Shah: «La verdadera innovación no está en los chips ni en los algoritmos, sino en las mentes que se atreven a desafiar lo establecido cuando todos dicen que es imposible».