El libro Creer y destruir: Los intelectuales en la máquina de guerra de las SS, de Christian Ingrao, es un estudio profundo sobre el papel de los intelectuales en la maquinaria de exterminio nazi. A través del análisis de los miembros del Sicherheitsdienst (SD), el servicio de inteligencia de las SS, Ingrao desmonta la idea de que el Holocausto fue obra exclusiva de fanáticos irracionales o burócratas obedientes. En cambio, muestra cómo historiadores, economistas, filósofos y juristas utilizaron su formación académica para justificar, diseñar y ejecutar el genocidio. Su investigación es una advertencia sobre cómo el conocimiento y la ideología pueden ser instrumentalizados para la destrucción masiva cuando se combinan con una estructura de poder totalitaria.

Más de 80 años después, las ideas de Ingrao siguen siendo relevantes. En un mundo donde el populismo, la manipulación de la información (ver Descifrando la manipulación de la opinión pública: ‘Age of Propaganda’) y la polarización política están en auge (ver Las 3P de Naím: populismo, polarización y posverdad), el estudio del papel de los intelectuales en la radicalización de sociedades resulta esencial. La creciente normalización de discursos de odio, el resurgimiento de narrativas excluyentes y la justificación de políticas autoritarias bajo argumentos supuestamente «racionales» o «científicos» nos recuerdan la necesidad de analizar críticamente cómo el conocimiento se usa para moldear la política y la sociedad.

Entrevista a Christian Ingrao, autor de ‘Creer y destruir’ Acantilado en Més 324 (3/24)

Intelectuales del SD: una élite académica al servicio del nazismo

Christian Ingrao analiza en Creer y destruir el perfil de los intelectuales que formaron parte del Sicherheitsdienst y cómo su formación académica, combinada con el contexto histórico en el que crecieron, los llevó a convertirse en piezas clave del aparato nazi. La mayoría de ellos nacieron entre 1900 y 1910, lo que significa que fueron niños o adolescentes durante la Primera Guerra Mundial y vivieron su juventud en una Alemania derrotada, marcada por la crisis económica y el colapso del Imperio. Crecieron en un país donde la derrota militar no solo dejó heridas políticas y económicas, sino que también generó un fuerte sentimiento de humillación y resentimiento.

Estos jóvenes intelectuales se educaron en las mejores universidades del país y destacaron en disciplinas clave para la administración pública y la construcción de ideologías: historia, derecho, filosofía, economía, geografía y etnografía. No eran figuras marginales ni radicales sin educación; en cualquier otra circunstancia, muchos de ellos habrían seguido carreras en el mundo académico, la diplomacia o la alta administración del Estado. Sin embargo, la inestabilidad de la República de Weimar y la creciente influencia del nazismo les ofrecieron una nueva vía para poner en práctica sus conocimientos: la creación de un «nuevo orden» para Europa.

Su adhesión al nazismo no fue únicamente una cuestión de supervivencia o ambición profesional. Para muchos, significaba la oportunidad de aplicar sus teorías en un contexto real y participar activamente en la reorganización de Alemania y sus territorios ocupados. La combinación de fervor ideológico y especialización técnica hizo que estos académicos se convirtieran en arquitectos de la represión.

El nacionalismo radical como motor ideológico de los intelectuales del SD

Desde su juventud, los intelectuales del SD crecieron en un entorno marcado por la humillación nacional y la sensación de crisis constante. La derrota en la Primera Guerra Mundial y las duras condiciones impuestas por el Tratado de Versalles (1919) fueron vistas no solo como un fracaso militar, sino como una injusticia que debía ser corregida. En la Alemania de entreguerras, la inestabilidad política y económica, la lucha entre comunistas y nacionalistas, y el colapso financiero de la hiperinflación de 1923 alimentaron un sentimiento de resentimiento y deseo de revancha.

Muchos de estos intelectuales adoptaron ideas como el pangermanismo y la eugenesia, que les proporcionaban una base «científica» para justificar la exclusión y eliminación de grupos considerados biológicamente inferiores. En sus círculos académicos, la idea de que los alemanes arios estaban llamados a liderar Europa se convirtió en un dogma que reforzó su visión del mundo. La propaganda nazi supo aprovechar estas ideas, consolidando una ideología de supremacía racial que los intelectuales del SD ayudaron a desarrollar y difundir.

De la academia al Sicherheitsdienst: la integración de los intelectuales en la maquinaria nazi

A finales de los años 20 y principios de los 30, en un contexto de creciente radicalización política en Alemania, muchos de estos intelectuales encontraron en el Partido Nazi una vía para canalizar sus aspiraciones y su visión del mundo. No se limitaron a ser simples simpatizantes o militantes de base, sino que fueron integrándose en estructuras de poder donde su formación intelectual podía ser puesta al servicio del régimen. Uno de los espacios más atractivos para ellos fue el Sicherheitsdienst (SD), el brazo de inteligencia de las SS, dirigido por Reinhard Heydrich.

Su labor en el SD era fundamentalmente analítica y estratégica, y se organizaba en tres grandes ámbitos: la elaboración de informes sobre los enemigos del Reich, la construcción de un marco teórico que legitimara la violencia del régimen y el diseño de estrategias de ocupación para los territorios del Este. Además, participaron activamente en la formulación de leyes raciales y en la identificación de colectivos que debían ser perseguidos y eliminados.

La guerra como catalizador de la radicalización intelectual y el genocidio

La Segunda Guerra Mundial marcó el punto de quiebre para los intelectuales del SD, que pasaron de ser teóricos del nacionalsocialismo a actores directos del genocidio. Aunque su adhesión a la ideología nazi ya era profunda antes del conflicto, el escenario bélico les proporcionó el marco ideal para transformar sus ideas en acciones concretas.

La invasión de Polonia en 1939 fue el primer gran laboratorio de violencia sistemática en el que participaron, pero la verdadera escalada ocurrió con la Operación Barbarroja en 1941. Este no era un enfrentamiento militar convencional, sino una guerra de exterminio contra el «enemigo judeo-bolchevique», con el objetivo de eliminar poblaciones enteras y reconfigurar demográficamente Europa del Este. Para estos intelectuales, el conflicto no era solo una lucha por la supervivencia de Alemania, sino la oportunidad de implementar su visión ideológica a gran escala.

El papel de los intelectuales en la violencia genocida: más allá de la obediencia burocrática

La participación de los intelectuales del SD en el Holocausto obliga a replantear la idea de que los perpetradores de genocidios son simples burócratas que cumplen órdenes sin cuestionarlas. Ingrao desafía esta interpretación, mostrando que estos intelectuales no eran simples ejecutores, sino ideólogos comprometidos con la causa nazi.

El caso del SD nos recuerda que la educación y la inteligencia no son sinónimos de ética, y que el conocimiento, sin una base moral, puede convertirse en una herramienta de destrucción. La historia nos enseña que, sin valores humanistas y principios éticos sólidos, la erudición puede ser manipulada para justificar atrocidades. En este sentido, la advertencia de Ingrao sigue vigente en la actualidad, donde la instrumentalización del conocimiento con fines ideológicos continúa siendo un riesgo latente.

Por ello, el estudio del pasado no solo es una cuestión de memoria histórica, sino una necesidad urgente para prevenir futuras manifestaciones de violencia sistemática. El análisis crítico de cómo el conocimiento se ha utilizado para legitimar la opresión y el exterminio debe seguir siendo una prioridad en el debate académico y social. Reflexionar sobre estas cuestiones es esencial para evitar que la historia vuelva a repetirse.